Los días negros

La oscuridad va ganando terreno hasta que llega mi solsticio de invierno personal.

Hay días negros, que se acumulan, que se suman, que se convierten en semanas.

Entonces recuerdas con incomprensión los días de optimismo. ¿cómo lo hacía? ¿de dónde sacaba la energía? Quieres volver y no sabes cómo.

En los días negros, miras a la muerte de frente, la tuteas. Se cuela en tus pensamientos, aunque la expulses a cada vez. Siempre vuelve, es persistente. Entonces piensas en tu hijo en pasado, incluso ves su tumba. Te preguntas como será todo entonces. Luego te sientes enferma, de asco, de remordimiento, de vacío y te preguntas si es lo que quieres. Todo se revuelve dentro. Sientes náuseas y ganas de tumbarte en un lugar oscuro. Sientes ganas de abandonar, de dejar de sentir, de dejar de luchar.

¿Cómo puedo asumir su dolor? ¿Cómo lo hago? ¿Qué pasa cuando todo lo que intento falla? ¿Hay un final? ¿Será siempre así?

A veces, simplemente no puedo.

En los días negros siento que Oliver está aquí temporalmente y que lo único que podemos hacer es cuidarle y quererle hasta que decida marcharse.

¿Cómo se puede vivir con esos pensamientos? Te lo diré: no se puede.

Una vez leí que nada duele más que un hijo.

 

Respiro hondo muchas veces, las que sean necesarias. He tocado fondo como en tantas otras ocasiones. Ahora toca nadar, dar amplias brazadas que me permitan subir a la superficie de nuevo. Sólo tengo que seguir la luz. Por Oliver, por mi.

Reflexiones desde el hospital (si, otra vez)

¿En qué momento los adultos perdemos esa magia que tenemos siendo niños?

Estos días estoy trabajando desde el hospital porque Oliver está ingresado desde hace ocho días. Trabajo en una sala enorme, muy luminosa, en la última planta del hospital. Me gustan las vistas, especialmente cuando hace sol.

Aunque trabajo con música para aislarme de mi entorno y poder concentrarme mejor, a veces es imposible. Estoy cerca del área infantil de oncología y de vez en cuando unos pequeños renacuajos calvetes irrumpen en la sala invadiendo todos mis pensamientos.

¿En qué momento los adultos perdemos esa magia que tenemos siendo niños?

Les veo y tengo ganas de llorar, pero no de tristeza sino de emoción. Algunos van en sillas de ruedas, otros andando o en brazos, casi todos con un montón de cables enraizados en su cuerpo, pero todos tienen algo en común: la sonrisa. A veces es solo un tímido reflejo, otras una abierta carcajada.

Y qué decir de los hermanitos que les acompañan con fiereza…

No puedo más que sentir amor, empatía y respeto por esos pequeños luchadores y sus familias. Estos chiquitajos lo dan todo, absolutamente todo. Ahora solo falta que nosotros los adultos les correspondamos: dediquemos más recursos a la investigación para ayudarlos en su lucha contra esta enfermedad de mierda.

P.S. Oliver está mucho mejor. Ingresó con problemas respiratorios: baja saturación de oxígeno en sangre y dificultades físicas para respirar. Afortunadamente estamos hablando de Super O y ya casí lo tiene superado.